El 27 de febrero de 2010 un fuerte terremoto, con una
intensidad de 8,8 grados en la escala de Richter, sacudió
más de 630 km del territorio de Chile, afectando a cinco
regiones del país, desde La Araucanía hasta Valparaíso,
en las que se concentra el 75 % de la población1. Con
posterioridad al sismo se originó un maremoto, en una
amplia extensión del borde costero, que arrasó con mu-
chas construcciones emplazadas a orillas del mar.
El terremoto y tsunami produjeron importantes impac-
tos: pérdida de vidas humanas, daños estructurales, pro-
blemas de conectividad y en el suministro de servicios
básicos, así como también secuelas significativas a nivel
psicológico a raíz de la situación vivida.