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Agosto 2010
Hacia un nuevo enfoque de la práctica pediátrica

Hace muchos años, cuando me sentí atraído por el estudio de la Pediatría, recibí de un querido familiar, pediatra, un añejo libro, cuyo título llamó mi atención. Se trataba de “Pediatría, Medicina del Hombre”, del Profesor Florencio Escardó, Pediatra y Humanista argentino. Algún tiempo después, supe el inmenso valor que tenía este Profesor, como médico y ser humano, y tuve la oportunidad de conocer y profundizar en algunos de sus “revolucionarios” conceptos que con dificultad hacía valer en esos tiempos.

El Profesor Escardó, Pediatra, como le gustaba que lo llamasen, no se presentaba como un médico de niños, no porque le pareciera que no era sublime el ejercicio de esta disciplina, sino porque limitaba y no evidenciaba la trascendencia del niño, en el tiempo, como ser humano.

 

Estudiar y ejercer la Pediatría debe verse con esta trascendental perspectiva, pues cuando atendemos al niño, estamos interviniendo en los problemas y patologías no sólo del momento, sino moldeando un ser humano, previniendo y evitando las indeseables consecuencias de sus privaciones y enfermedades.

Para nadie pasa inadvertido que, actualmente, los niños y sus familias enfrentan nuevas situaciones que afectan su vida y padecen enfermedades emergentes e incluso varias que resurgen. En consecuencia, los pediatras también enfrentamos nuevos retos y nuestra formación exige nuevos perfiles.

La salud del niño, además de su definición como estado de bienestar integral, nos obliga a un nuevo enfoque para abordarla y, además, orientarla en el ejercicio diario no sólo a la satisfacción de las necesidades, sino a la ampliación de nuestras acciones, para el reconocimiento prioritario de sus derechos como niños y adolescentes.

Distintos informes nos muestran cómo, en Colombia, a pesar de algunos progresos, miles de niños y adolescentes viven en medio de pobreza, inequidad y exclusión social, lo cual tiene consecuencias graves, en términos de violación de sus derechos. Violaciones que se expresan en la falta de acceso al agua potable, el hambre, la morbilidad y mortalidad evitables; la ausencia de un hogar; las dificultades de acceso a la atención de la salud y la falta de ambientes saludables; el riesgo facilitado de vivir en condiciones de violencia, abuso de drogas y explotación sexual y laboral, o a ser víctimas de la migración forzada.

Estos niños, donde la existencia encarna una lucha diaria por la supervivencia, habiten en centros urbanos o en asentamientos rurales, corren el riesgo de perder su infancia. Son las niñas y niños para quienes la experiencia de un buen comienzo en la vida es desconocida y el consenso universal que concibe la infancia como una época para crecer, aprender, jugar y sentirse seguros, no significa nada.

Una cifra alarmante de nuestra violencia muestra que el 30% de ella la ocasiona el conflicto armado y el 70% restante, la violencia intrafamiliar, siendo esta última, como una epidemia que lacera cotidianamente las entrañas de nuestra sociedad. Muchos adultos creen, todavía, que los menores son de su propiedad y que para disciplinarlos deben ser castigados físicamente. Nuestra sociedad acepta que al niño le peguen para reprenderlo y, entonces, se va de la palmada al maltrato extremo.

La sociedad debe aumentar entonces los esfuerzos para promover una cultura de derechos, acorde con lo que establece la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño. Por ello, es necesario articular en la práctica lo que manifiestan estos principios. Es indispensable garantizar el acceso del niño a servicios de calidad en salud, a través de toda la vida, tener una identidad, tener una familia, ser respetado de acuerdo a sus necesidades, tener protección social, tener una nutrición adecuada, tener condiciones adecuadas para su desarrollo, y ser protegido contra cualquier situación que atente o viole sus derechos y restablecer prontamente aquellos que fueren afectados. El pediatra actual debe constituirse en uno de los líderes principales en la promoción de los Derechos del Niño, atentopara impedir su transgresión y especialmente cumplidor, en su práctica diaria, de tales derechos.

La Medicina y la Pediatría, no tienen solamente el objetivo de estudiar y curar. Están íntimamente ligadas con la perspectiva planteada y la organización social en que nos movemos. En este orden de ideas, es imprescindible conocer nuestra realidad para empezar a cambiar nuestras actitudes. Máxime, cuando el país y en particular el sistema de salud colombiano, no ha tenido el impacto esperado en materias como la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad y, mucho menos, en el reconocimiento de los derechos de todos los niños colombianos.

Adicionalmente, y frente a esta lamentable realidad, los servicios de salud y el personal sanitario están bajo constante amenaza. Esto tiene que ver con muchas presiones internas y externas que actúan en el sector de la salud. Existen coacciones y limitaciones propiciadas por las circunstancias del mercado laboral y el sistema. Es evidente que debido a esto, en muchos casos, la calidad de la atención para los niños se ha deteriorado o, en otros, las mejoras no corresponden a las expectativas.

Pero no toda la culpa y la responsabilidad son del sistema. En esta realidad cambiante, las Universidades en general y los Cátedras de Pediatría y los Pediatras, en particular, tienen un papel definitivo para replantear la forma de actuar. Esto implica un serio cuestionamiento crítico y un autoanálisis sobre su misión, como formadores y médicos defensores de los niños. El pediatra como ser humano y profesional de la salud debe tener en cuenta la inmensa capacidad y la responsabilidad que tiene para cambiar la realidad.

Dr. Hernando Antonio Villamizar Gómez
Presidente Asociación Latinoamericana de Pediatría-ALAPE
Miembro del Comité Permanente de la International Pediatric Association-IPA
Ex Presidente de la Sociedad Colombiana de Pediatría.

 

 


 
 

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